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Congreso y exposición de artistas abstractos en Puerto Rico

Este artículo por Marianne de Tolentino fue publicado originalmente en Plástica No. 13 Año 7, Vol. I (julio, 1985), pp. 17-21.



Vista parcial de la Sala Este del Museo del Arsenal en el Viejo San Juan durante el Primer Congreso de Artistas Abstractos en Puerto Rico. 1984
Vista parcial de la Sala Este del Museo del Arsenal en el Viejo San Juan durante el Primer Congreso de Artistas Abstractos en Puerto Rico. 1984

En mayo de 1984 se celebró en San Juan (Puerto Rico) el Primer Congreso de Artistas Abstractos de Puerto Rico, organizado por la asociación del mismo nombre especialmente constituida al efecto y auspiciada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Presidió el Congreso, el conocido artista (fundamentalmente abstracto) Luis Hernández Cruz, de extensa trayectoria pictórica y universitaria. Como debe ser en las grandes manifestaciones colectivas —sean congresos, salones, festivales o bienales— las habilidades se repartieron entre debates y conferencias, y una exposición.


El Congreso fue esencialmente nacional aunque se invitaron a dos conferenciantes dominicanos y uno español, y según la presidencia del evento, se debe ampliar la proyección internacional con un mayor número de invitados de distintos países. Se desarrolló entre el Ateneo Puertorriqueño —primeras conferencias— y el Arsenal de la Puntilla, donde se llevaron a cabo las demás charlas y discusiones, así como la exposición. Este último edificio ha sido objeto de una hermosa restauración y cuenta con numerosas salas y espacio para exhibiciones de arte, cursos y disertaciones.


El cúmulo de trabajo en Santo Domingo nos permitió solamente ir a dictar una charla, mirar la excelente exposición… y volver el mismo día. Como siempre lo hemos comprobado en Puerto Rico, existe allí una actitud hermana frente a los dominicanos, un marcado interés porque nos conozcamos recíprocamente mejor en los campos del arte y de la cultura, una real preocupación por las vivencias de Santo Domingo, por la condición del arte y del artista dominicano. Después de toda conferencia, abundan pues las preguntas, y es cuando se entabla el verdadero diálogo…


Olga Albizu, Yellow, óleo, 60 x 75 coms.
Olga Albizu, Yellow, óleo, 60 x 75 coms.

La exposición de arte abstracto puertorriqueño nos pareció de tan alto nivel, tan profesional y tan variada a la vez, que expresamos al profesor Hernández Cruz el anhelo de que una muestra de índole similar se presentara en Santo Domingo. Por nuestra parte, podríamos reunir una muestra dominicana, representativa y amplia en arte figurativo o abstracto… pues, aunque menos floreciente sobre todo en la actualidad que el arte puertorriqueño en esa categoría, el arte abstracto dominicano ha tenido sus grandes horas y está volviendo a afianzarse.


El arte abstracto puertorriqueño se divide en siete periodos, de 1940 a 1984, desde “planos de color y expresionismo abstracto”, evolucionando por una geometrización y construcciones más intelectuales, en parte influenciadas desde el exterior, hasta culminar en “estilos y enfoques muy personales”, incluyendo las soluciones renovadoras en el uso de materiales como el barro.


Con plena razón, Luis Hernández Cruz afirma: “En la actualidad, alrededor del cincuenta por ciento, es decir la mitad de los artistas profesionales del país, unos 48 artistas, para ser exactos, se expresan dentro de los diversos estilos abstractos de la pintura, de la escultura y del grabado. Esto representa un esfuerzo enorme si consideramos la falta de galerías apropiadas, el escaso interés oficial en promover el arte de vanguardia, y el aún más escaso número de coleccionistas e interesados en el arte moderno en el país. Es notable que el arte contemporáneo haya calado tan hondo en las jóvenes generaciones, al punto que éste ya es parte integrante e indispensable de nuestra cultura”.


Observamos que el artista puertorriqueño, aunque colocado en muchas mejores condiciones materiales, confronta problemas parecidos a los del artista dominicano que se compromete en una expresión no complaciente y de avanzada contemporánea. Pero hay un punto muy importante; se considera que “es parte integrante e indispensable” de la cultura propia, no una concesión a ideologías y tendencias foráneas, enfoque estimulante y positivo. Obviamente, el arte abstracto más reciente de Puerto Rico se caracteriza por el elevado grado cultural y el rigor técnico de sus autores, dentro de una sorprendente diversificación estilística… con relativamente poca geometría y mucha fuerza en la imagen.


Sylvia Blanco, Tres facciones forman el conjunto,1984, barro quemado con óxidos y engobes, 180 x 87.5 cms.
Sylvia Blanco, Tres facciones forman el conjunto,1984, barro quemado con óxidos y engobes, 180 x 87.5 cms.

Cuando iniciamos la visita a la exposición y penetramos en la sucesión abierta de salas restauradas (que nos recordaron el salón mayor de la Casa de Bástidas), recibimos a la vez un impacto visual e intelectual. Contamos unos 40 artistas… no nos será posible realizar un análisis individual de cada expositor casi siempre representado por dos obras. Además, salvo contadas excepciones —por ejemplo, Luis Hernández Cruz, López Dirube, Miyuca Somoza, Marcos Irizarry y el dominicano Dionys Figueroa— nuestro conocimiento de esos pintores, grabadistas y escultores no nos permite evaluar su actual producción con la trayectoria anterior.


El arte abstracto en Puerto Rico se ha vuelto un movimiento nacional, donde, en estos momentos, el lirismo sobrepasa las variaciones geometrizantes. Razón por la cual empezaremos por esta última corriente.


Los geométricos de Puerto Rico nos parecen relegar el dinamismo óptico y la correlación cinética entre espacio, tiempo y movimiento en un segundo plano. En la exposición, el único que tal vez ofrece una lectura plural, color/vibración, color/área/dominante tonal, color/repetición/repartición, luz multicolor y multitonal, es Tony Bechara, que también trabaja en base a tres tamaños del cuadrado: fragmentación, zona, soporte.


Por cierto, en la geometría se imponen el cuadrado y el rectángulo como signo interior (Laureano Rodas, Edwin Rosario) o como interacción entre el soporte y las estructuras internas que integran en Lope Max Díaz recortes sensibilizadores del espacio, nuevo aliento y apertura expresados mediante huecos, agentes dinámicos del desplazamiento de las figuras secundarias. Cabe señalar que tanto en Laureano Rodas como en Edwin Rosario, el elemento poético, color y/o formas, da una dimensión simbólica a la geometría. En cuanto a Ralph de Romero —con su ingrediente de “nuevo realismo” a través de los patrones— y Oscar Mestey Villamil —con sus áreas estriadas vibrantes que destacan la flotación espacial del círculo—, sus configuraciones abstractas no hacen olvidar un remanente de figuración, enseñando que la frontera entre arte abstracto y arte figurativo es muy tenue… y sin importancia frente a la valoración plástica. Externaremos la misma observación al respecto de Edwin Maurás Modesti y su “casi paisaje” nebuloso y celestial: aquí las arrugas de la tela no dejan de provocar una cierta emoción, como el sustrato físico de una piel...


De la misma manera que la geometría y su frialdad programada no son aquí las fórmulas reinantes, hablar de abstracción lírica no quiere decir informalismo y action-painting, sino de una particular fluidez en las volubles modalidades organizativas de la forma, la materia y el color, según la “necesidad interior” preconizada por Kandinsky, el máximo pionero de la abstracción como actitud y proceso conscientes. Así pues, la geometría enmarca todavía el barroquismo orgánico de las composiciones mosaicadas de Mercedes Quiñones y de Ángel Nevárez (que ha seguido evolucionando muy positivamente desde su premiación en la Bienal del Grabado de 1980, en colografía).


Ángel Nevárez, Azulnacido en verde, 1984, acrílico
Ángel Nevárez, Azulnacido en verde, 1984, acrílico. 105 x 180 cms.

El común denominador que “golpea” la percepción es la riqueza de la materia pictórica y la decisión en un manejo enérgico y armonioso del pigmento, donde sí se siente la mano del artista, con el ímpetu dirigido de su pincel, brocha o espátula. Y ese tejido o textura se organiza en forma que se imbrican, se enlazan, se exaltan recíprocamente, generalmente con homogeneidad y equilibrio. Dentro de la emotividad, aún queda rigurosa la construcción indisociable de la combinación de colores y tonalidades.


"El arte abstracto puertorriqueño se divide en siete periodos, de 1940 a 1984, desde 'planos de color y expresionismo abstracto', evolucionando por una geometrización y construcciones más intelectuales, en parte influenciadas desde el exterior, hasta culminar en 'estilos y enfoques muy personales', incluyendo las soluciones renovadoras en el uso de materiales como el barro". – Marianne de Tolentino

Luis Hernández Cruz constituye un óptimo ejemplo de sólidas estructuras que ordenan y animan el espacio, disciplinan las impulsiones y se instrumentan con una factura firme, una pasta densa, una superficie vivaz. El pintor hace cantar el azul y el rojo, acordes con las modulaciones amortiguadas del gris, negro y crema, verdadera sinfonía cromática con sus secciones diferenciadas…


Situada a la entrada, la composición, un verdadero florecimiento, de Olga Albizu, causa impacto visual. Se convierte en una paleta mágica, deslumbrante de empastes: la abstracción es entonces un brote emocional… instrumentado por un talento y un oficio seguros. Enmarcada en construcciones envolventes, la muy hermosa armonía de colores, que propone Paul Camacho, deleita al contemplador con la luminosidad de sus rojos, rosados y amarillos; portadora de energía y vitalidad.


Cuando nos referíamos a la atmósfera y su poesía, estábamos pensando específicamente en la especie de topografía, oleaje de Betsy Padín, tan firme en sus trazos y texturización, con finísimas tonalidades de gris y rosado, pintura mítica y mística… como atinadamente lo evoca el título. En un contexto cromático diferente, la mirada se deja llevar por los contrastes, acordes entre lo claro y lo oscuro sin pasar por alto los puntos luminosos de Wilfredo Chiesa. Observamos también su gran dominio del campo de color y del equilibrio formal. El más expresionista de todos los expositores es tal vez José Bonilla Ryan con una carga de brochazos y un dinamismo algo fantástico, cuya definición de los colores es estricta pero generosa en su aplicación.


Nos parecieron cautivantes los Apuntes para un Paisaje de Carmelo Fontánez, que en blanco y negro, con el lápiz y la frecuencia variable de sus trazos, da una dimensión, no solamente asociable con visiones de la naturaleza, sino con una marcada huella del tiempo en el espacio. María Emilia Somoza, ahora grabadista abstracta, que siempre ha mostrado afinidad con la poesía, está transfiriendo su sensibilidad al aguafuerte, con un onirismo intenso y medias tintas de singular sutileza. La misma técnica también gesta visiones de sueños —aquí más dramáticos— en Rebecca Castrillo que estructura ritmadamente el diseño de la segunda estampa. Por cierto, Puerto Rico tiene varias, muy buenas artistas abstractas. Entre otras, merecen mencionarse enfáticamente las coreografías de Isabel Vázquez, talento “completo” en varias categorías plásticas, inclinada hacia la investigación tanto espacio-formal como matérica.


Si nos deslizamos ahora por los caminos de la escultura, afirmaremos que una de las mejores obras del conjunto es el tríptico (en la verticalidad) de Sylvia Blanco, que trabaja la cerámica magistralmente en los esmaltes y los óxidos, la cocción y los tonos, proponiendo la recreación (casi figurativa) de un lecho pedregoso. Y, en el reino de la esculto-pintura, admiramos las telas infladas de Zilia Sánchez, geométricas y orgánicas a la vez, perfectas en su tratamiento pictórico, volumétrico y formal, en su simetría “absoluta”. Tuvimos la oportunidad de conocer a Zilia Sánchez y de conversar con ella; la encontramos muy comprensiva al respecto de la obra de Bismarck Yermenos, aunque obviamente ella desea que él se independice y encuentre su propio lenguaje.


Es siempre agradable volver a mirar esculturas de Rolando López Dirube; seducen por la depuración de las formas en el espacio, el refinamiento de la manera y su tratamiento perfilado, la producción de secuencias… dos secuencias contrastadas en el color. Ahora bien, para nosotros las construcciones, a la vez “estábiles” y “móviles” de Antonio Navia fueron un descubrimiento muy atractivo, proponiendo el humor, dando la impresión de una realización a la vez simple y compleja, elaborando signos a la vez misteriosos y conocidos.


Tony Bechara Graces, 1981-82, acrílico, 200 x 175 x 3.75 cms.
Tony Bechara Graces, 1981-82, acrílico, 200 x 175 x 3.75 cms.

Queremos mencionar finalmente al dominicano Dionys Figueroa, que logra una abstracción muy delicada y aérea, con un pigmento diluido y una desgarradura que recuerda la vertiente conceptual del autor.




Marianne de Tolentino es crítica de arte, curadora y ensayista, reconocida por su aporte fundamental al pensamiento crítico sobre el arte moderno y contemporáneo del Caribe. Nacida en París y radicada por largos años en la República Dominicana, ha desarrollado una amplia labor investigativa y curatorial, colaborando con museos, bienales y publicaciones especializadas en el Caribe, América Latina y Europa.







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