Una declaración de amor a propósito de Violencia al filo, de Dhara Rivera
- Francisco José Ramos
- 29 dic 2025
- 6 Min. de lectura
El profesor Francisco José Ramos escribe sobre la reciente exhibición de la artista, celebrada en la Liga de Arte de San Juan del 22 de julio al 4 de septiembre de 2005

Un mar son todos los mares. Un río son los ríos todos. El Ganges se encuentra con el Río Grande de Loíza, en las cuencas del Caribe; el Tajo es “el río que pasa por mi casa”, como escribe Fernando Pessoa en boca de Alberto Caeiro. El mar Mediterráneo desemboca en el Atlántico hasta adentrarse en el Golfo de México. Los ríos llegan a la mar, el mar se abre a sus anchas, la tierra respira con las aguas del cielo. El aire se ventila con los vientos. Los nombres singularizan, las palabras encuentran sus huellas, un sendero siempre por recorrer. Ese sendero es lo que llamamos naturaleza. En latín, natura naturans, natura naturata, términos con los que Spinoza designa el acto, la acción, el momento de nacer, y la potencia en virtud de la cual se despliega la infinidad de formas que brotan o salen a la luz. Se trata, en definitiva, del metabolismo del devenir, del aparecer y desaparecer de los fenómenos, sin principio ni fin.
La naturaleza da pie a la experiencia radical de lo común. Digo radical porque implica el impulso primordial, íntegro, indiviso de las fuerzas que abarcan y sobrepasan nuestra condición humana. Marx supo vislumbrarlo con perspicacia y lucidez: “La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, o sea la naturaleza en cuanto ya no es cuerpo humano. Decir que el hombre vive de la naturaleza es lo mismo que decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que tiene que mantenerse en un proceso constante, si no quiere morir. La conexión de la vida física y psíquica del hombre con la naturaleza no quiere decir otra cosa que la conexión de la naturaleza consigo misma, ya que el hombre es parte de ella” (Primer manuscrito. Recogido en Marx, edición de Jacobo Muñoz. Barcelona: Gredos, 2017, pág. 223).
“Más que una artista multimedia, Dhara es una artista multívoca que logra, de múltiples maneras, dar vida a lo que se ignora, para dejar saber lo que se calla” — Francisco José Ramos
Dicha conexión es una intimidad que se abre a la intemperie de la multiplicidad infinita de lo real. En las obras de nuestra artista Dhara Rivera que comentamos, se puede identificar un filo que se desdobla entre las piedras y el mar, y que se perfila con la noble y ardua tarea de expresar lo que tiene que ser dicho, simplemente porque sí, por puro imperativo poético, como le llama el poeta Paul Valèry. Las piedras y el mar se asentaban en dos videos que, de un extremo a otro, ocupaban la sala de exposición Delta Picó de la Liga de Arte. El mar se acerca, se aleja, dejando ver las piedras a la orilla de sus bordes: es la Desconexión que se filma con un dron. Las piedras estallan en el momento de una explosión, con sus Repercusiones. Estamos en el litoral de Loíza, al noreste de la isla que sigue siendo aldea, para honrar el bello arabismo de los más de cuatro mil que habitan nuestra lengua.

El mar sostiene a Puerto Rico. No solo por ser una isla o un archipiélago, sino por los sutiles encajes y tejidos de sus costas, por la urdimbre de sus gestas. Pero digo también lo anterior para dejar en suspenso las siglas de una patética subordinación: PR…USA. De todo ello, dieron cuenta las delicadas piezas de esta exposición, preciosos artefactos de una artista que ha entregado toda una vida a la vida del arte, sin artificios ni fuegos fatuos. Imágenes de piedras, rocas, peldaños, costas y acantilados contienen las huellas que indican los contornos de su belleza, y también la explotación y extracción de la materia gris que nutre la delirante expoliación planetaria del Capital, bajo la guía maculada de su Santísima Trinidad: Power, Money & Success. Al decirlo en inglés, apuntamos al lenguaje del IV Reich, por así decirlo, para quien entienda, para referirme al que quizá sea el imperio más feo, de mal gusto e ignorante que ha dado la historia moderna. Son muchas las Contenciones de esta muestra, para demostrarlo.

Equidistantes de los dos videos en sus extremos, aparece el Salvamento, cabezas de pescao en yeso. Y no muy lejos, por si acaso, Las líneas de batalla (I y II), fotografías de papel de acuarela y dibujos a lápiz, con líneas rojas; y Cuatro guitarras en llamas contra las rocas. Son los cantos sofocados de una violencia real que, sin embargo, se vuelca en una declaración de amor, a flor de piel, a flor de labio; Acá o allá, para decirlo con el título de las impresiones fotográficas en metal.

La artista transforma los materiales en una honda meditación que va coronando las piezas que coronan el homenaje de un amigo pescador. En el centro de la sala se ubicó Desmiembre, los restos de una barca de metal, compuesto de hilos de tejer, cerámica, cadenas de metal, redes de pesca, y un remolino de sogas que son también flores rojas que se lanzan para quien las recoja. Y a la izquierda de la barca, mirando desde el video del mar, aparece una foto que bien podría llamarse Arde el mar, evocando el título de un poemario de Pere Gimferrer.
Con la justa y bien pensada disposición de estas obras, la artista creó un correlato de imágenes cautelares que apuntaban a formas inauditas de belleza. Para quien sabe ver y entender, la belleza no depende del color con que se mira. La belleza es el prisma o, mejor, el caleidoscopio que conmueve la inteligencia y confirma que no hay nada para ser apropiado en lo que se ve, que todo está ahí, palpitando en su verdad.

Por más que prevalezca la destrucción, no hay manera de aniquilar los vestigios de la memoria. No es un asunto de fe o de esperanza sino de percatarse de que, al decir de Píndaro, lo que ha sucedido, ni el padre tiempo puede hacer que no haya sucedido. Ni siquiera la desmemoria o el olvido. Lo que en un instante se comprende, en un instante se realiza o lleva a cabo hasta soltar las amarras y navegar o volar, sin más, en medio del vacío de la inmensidad.

La experiencia artística es un núcleo liberador que contrarresta la ignorancia universal. Dhara Rivera logra atisbar la intimidad que se contrae al punto cero de una expansión infinita, que no es de nadie y que a nadie pertenece. Eso es lo que se percibe, aunque no se nombre ni se persiga, en cada una de las piezas exhibidas. Esa es la delicadeza de las líneas que dibujan un encuadre, un enmarcado, un recorrido por los huecos, las hendiduras, el solaz de las piedras, el susurro de los mares. Es el rescate de una sensualidad in situ, tal cual. Más que una artista multimedia, Dhara es una artista multívoca que logra, de múltiples maneras, dar vida a lo que se ignora, para dejar saber lo que se calla. Son muchos los clamores que se articulan en los telares, hilos, mimbres y sogas de sus obras, como una Penélope que a Nadie —nombre con que Ulises se nombra a sí mismo para engañar al cíclope Polifemo en el canto XI de la Odisea de Homero— espera, sacando a relucir, con sus vislumbres, el cuerpo inorgánico de la naturaleza, y los silencios musicales que habitan el tumulto de nuestros cuerpos.


Sobre el autor: Francisco José Ramos es doctor en Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de una obra filosófica (cinco volúmenes publicados), una obra poética (dos volúmenes publicados) y de numerosos ensayos, artículos, reseñas, traducciones y otros escritos. Ha desarrollado una persistente meditación en torno al arte, la poesía y la experiencia artística; la estética, la ética, la política, las ciencias, las tecnologías, la filosofía antigua, moderna y contemporánea. Ha sido profesor, investigador y conferenciante invitado en universidades, centros académicos e instituciones culturales en América (EE.UU., México, Venezuela, Puerto Rico) Europa (España, Italia) y Asia (Sri Lanka, Tailandia, Vietnam, China, Nepal). Es Catedrático jubilado de la Universidad de Puerto Rico y miembro numerario de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española y correspondiente de la Real Academia Española desde 2008.






























