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Colectiva de arte abstracto de Puerto Rico

Esta reseña escrita por Jeannette Miller fue publicada originalmente en Plástica No. 13 Año 7, Vol. I (julio, 1985), pp. 22-24.



Julio Suárez, Luna, 1983, acrílico.150 x 120 cms.
Julio Suárez, Luna, 1983, acrílico.150 x 120 cms.

A principios de 1984, fuimos invitados a participar como ponentes en el Primer Congreso de Artistas Abstractos de Puerto Rico. Un magnífico programa donde se detallan los actos y conferencias que conforman el evento, nos permitió compartir con los puertorriqueños María Luisa Moreno, Myrna Rodríguez y Luis Hernández Cruz, excelente tratadista, crítica de arte del San Juan Star y figura inaplazable de la abstracción puertorriqueña, respectivamente; también con el profesor español Manuel Pérez Lizano, quien acaba de publicar un importante panorama histórico de la pintura puertorriqueña.


Pero lo esencial de esta experiencia fue el contacto que tuvimos con la pintura, y esta oportunidad nos la ofreció la muestra colectiva distribuida de manera equilibrada en el edificio llamado El Arsenal de la Puntilla, ubicado en el Viejo San Juan.


Los cuadros, esculturas, dibujos y grabados que vimos allí atestiguan la profesionalidad de la mayoría de los artistas exponentes. Sin embargo, algunos de los trabajos, gracias a Dios, la minoría, se caían al lado de obras conseguidas, portadoras de excelente oficio y de madurez profesional.


Siempre hemos dicho que la producción abstracta exige más que cualquier otra corriente, una buena “cocina”, como llaman los artistas al oficio, y aunque esta “cocina” sea una “anti-cocina” hay que saber manejar la materia con el significado que se le quiere dar; naturalmente esto sólo lo han conseguido los artistas puertorriqueños maduros y algunos jóvenes con mucho talento.


Antonio Navia, Pájaro de Andrómemeda, 1984 acero inoxidable, cuerdas de nilon, teca, imbuia, bronce y PVC, 31.75 x 69.85 x 152.4 cms.
Antonio Navia, Pájaro de Andrómeda, 1984 acero inoxidable, cuerdas de nilón, teca, imbuia, bronce y PVC, 31.75 x 69.85 x 152.4 cms.

Partiendo que desde la primera década de este siglo la abstracción no es más vanguardia, nos sorprendió un poco, aunque luego lo entendimos, el que uno de los objetivos de la muestra fuera presentar este grupo de artistas como los más atrevidos del arte puertorriqueño. Sin embargo, después nos dimos cuenta de que la posición se justificaba por las discriminaciones que ha sufrido la producción abstracta en países que, como los nuestros, exigen un mensaje explícito a la obra de arte.


Puerto Rico cuenta con un mercado proporcional al nivel de consumo de la sociedad en que se desarrolla y éste es otro de los factores incidentes. El arte puertorriqueño presenta un panorama que oscila entre lo patético y lo jubiloso, en la medida en que los artistas persigan básicamente la venta de su obra o la transmisión de un mensaje que sirva como elemento liberador y desalienante a los virtuales receptores que reciban. Esta última es, a nuestro parecer, la única razón de ser de una obra de arte.


Pero vayamos a la muestra: 40 artistas exponen en un deseo de los organizadores de justificar cuantitativamente la producción abstracta en Puerto Rico y esto lo decimos porque si el número hubiera sido 25 o a lo sumo 30, el impacto de conjunto habría sido más fuerte. Por otro lado, creemos que en este primer intento de nuclear la producción abstracta puertorriqueña, pintura y escultura habría sido suficiente. Valga la aclaración de que no discriminamos las otras disciplinas participantes (dibujo y grabado), pero en vista de que las obras pictóricas y escultóricas en su mayoría son trabajadas a escalas magnificentes y tomando también en cuenta de que la exposición iba dirigida al gran público, una selección de estos renglones habría sido más equilibrada.


"Puerto Rico cuenta con un mercado proporcional al nivel de consumo de la sociedad en que se desarrolla y éste es otro de los factores incidentes. El arte puertorriqueño presenta un panorama que oscila entre lo patético y lo jubiloso, en la medida en que los artistas persigan básicamente la venta de su obra o la transmisión de un mensaje que sirva como elemento liberador y desalienante a los virtuales receptores que reciban. Esta última es, a nuestro parecer, la única razón de ser de una obra de arte". – Jeannette Miller

Estas observaciones las hacemos con el mejor espíritu, mirando la muestra desde afuera, y en interés de que en el próximo congreso, las mismas puedan actuar como eje de nuestro análisis, por ejemplo: la abstracción puertorriqueña; arte de importación; la obra de arte abstracta y su incidencia en el mercado: asimismo. La abstracción local versus la abstracción internacional, etcétera. Pero creemos que lo más importante de este artículo es el acercamiento que podamos despertar entre los dominicanos y los puertorriqueños, por lo que vamos a mencionar aquella producción que nos resulte de mayor impacto y dejaremos el desarrollo de las anteriores consideraciones como parte de un ensayo que publicaremos próximamente, bajo el título Arte Abstracto en Latinoamérica y el Caribe: una proposición de acercamiento y que fue el punto de eje de la charla que ofrecimos en el Ateneo Puertorriqueño el sábado 5 de mayo de 1984.


Tenemos que reconocer que nuestra participación junto a Myrna Rodríguez, Hernández Cruz y Pérez Lizano, en un foro bajo el título La situación del arte abstracto de Puerto Rico, nos ayudó a aclarar puntos de vista y resultó ser un interesante intercambio en relación al tema de nuestro ensayo.


Desde luego que Noemí Ruiz, Luis Hernández Cruz y Lope Max Díaz son las estrellas. Geométrica-orgánica, la primera, expresionista-abstracto rallando en el informalismo, el segundo; y geométrica-estructural, el último; cada uno de estos maestros consigue una exacerbación en el dominio de la materia que les permite resultados de gran impacto.


A seguidas se destacan Paul Camacho, Rolando López Dirube, Betsy Padín, Wilfredo Chiesa, Carlos Dávila, Oscar Mestey Villamil, Jaime Romano, Zilia Sánchez, Julio Suárez, George Warrek y Raúl Zayas. La labor precursora de Olga Albizu y Julio Rosado del Valle mantienen una innegable calidad. También queremos mencionar en el orden gráfico, el dibujo de Carmelo Fontánez y los grabados de María Emilia Somoza e Isabel Vázquez.


Jaime Romano, La verda de las Sierpes. 1984, acrílico. 45 c 65 cms.



Jaime Romano, La vereda de las Sierpes, 1984, acrílico.
Jaime Romano, La verda de las Sierpes. 1984, acrílico. 45 c 65 cms.

John Balossi, Sylvia Blanco, José Bonilla Ryan, Alison Daubercies, Laureano Rodas y Edwin Maurás completan el número 25 que para nosotros sería ideal para mostrar una selección más coherente de la mejor abstracción puertorriqueña.


Magnífica experiencia nuestra participación en el Primer Congreso de Artistas Abstractos de Puerto Rico. Agradecemos al Ateneo Puertorriqueño la invitación que nos hiciera y asimismo a todos los artistas, escritores y profesores con quienes tuvimos la oportunidad de intercambiar, coincidir o disentir. El saldo final fue sumamente positivo.


  

Jeannette Miller es poeta, narradora, ensayista e historiadora de arte dominicana. Docente. Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia .Ha recibido numerosos premios entre los que destaca el Premio Nacional de Literatura (2011). Ha publicado más de 80 títulos.







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