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Luis Hernández Cruz: la abstracción como ética de trabajo

El maestro conversa en esta entrevista sobre su carrera y esa obra rigurosa que sostiene con una profunda conciencia histórica


Luis Hernández Cruz (Foto: Gabriel López-Albarrán)
Luis Hernández Cruz (Foto: Gabriel López-Albarrán)

Bastó un cuadro en blanco. Un paisaje que, a simple vista, parecía la misma nada, para que algo dentro de él cambiara. La primera obra abstracta que vio en su vida Luis Hernández Cruz fue una pieza del italiano Giuseppe Santomaso, a finales de la década de 1950. Recuerda como ahora aquel momento. Fue en casa de su querido mentor y amigo, el historiador y crítico argentino Damián Bayón —asistente de Pierre Francastel—, quien se encontraba en Puerto Rico como profesor visitante de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, donde Hernández Cruz estudiaba arte. Nunca en su vida había visto algo parecido.


“Él y su esposa vivían en el Darlington, en Río Piedras —donde vivían todos estos profesores visitantes de la Universidad de Puerto Rico—, y este cuadro era un cuadro en blancus. Se llamaba Vistas de Venecia, pero usted no veía nada al principio; lo que veía era mancha blanca. Y después es que empiezas y ves la parte de la ciudad, del puerto… Y eso me cogió”, relata sobre aquel primer encuentro con lo que se convertiría en su ruta de vida.


Hablar con Hernández Cruz es adentrarse en una conversación donde la abstracción se plantea como una ética de trabajo y como una manera de pensar el arte desde el hacer. Grabador, pintor, escultor y formador de generaciones, ha construido una obra rigurosa que se sostiene tanto en el oficio como en una profunda conciencia histórica.


El artista nos recibe para esta entrevista a la entrada de su casa en Guaynabo. No es difícil reconocerla, pues afuera, sobre la grama —dando la bienvenida—, está Infinito (2006), una escultura en acero inoxidable que funciona como metáfora de su hacer inagotable.


Bastón en mano, mirada recia y voz profunda, Hernández Cruz nos invita a pasar a su hogar. Adentro, la luz es tenue, con cortinas blancas translúcidas que van del techo al piso. En las paredes altas de la sala principal, así como en las columnas que dividen los espacios, se observan varias de sus obras, narradoras silentes de su vida. En un salón contiguo, donde hay un piano de cola, se agrupan varias de sus esculturas en madera, piedra y bronce.


Hay algo de esa vanguardia en la que se formó como artista que habita el espacio. La decoración es minimalista y todo está en perfecto orden. Adentrarse en su hogar es, momentáneamente, como viajar a un tiempo específico: el suyo.


Nacido en San Juan, pero criado parte de su niñez y temprana juventud en Hatillo, este artista —que cumple 90 años en 2026— ha sabido labrar un lugar propio en la historia de las artes del país, siendo uno de los principales maestros de la abstracción en Puerto Rico y un gran contribuyente a su desarrollo.


Su trabajo ha sido expuesto, desde la década de 1960, en países como Brasil, Finlandia, España, Estados Unidos, Francia, Japón, Ecuador, Noruega, Suiza, Alemania, Italia, Inglaterra, República Dominicana, Argentina, Venezuela y Colombia. En su casa se sienten las huellas de ese andar, visibles en gestos que aparecen en forma de libros o en algunos de los tantos paisajes que ha creado a lo largo de más de 60 años de trayectoria.


Hernández Cruz vive con su perro Paco, que no lo pierde de vista ni un minuto. Es Paco, con sus travesuras caninas, quien le despierta la sonrisa de niño. El artista nos guía por su casa hasta llegar a su taller, ubicado en una marquesina cerrada con losas de barro pulido. Allí pasa gran parte de su tiempo, creando e imaginando nuevas formas.


Luis Hernández Cruz (Foto: Gabriel López-Albarrán)
Luis Hernández Cruz (Foto: Gabriel López-Albarrán)
(Foto: Gabriel López-Albarrán)
(Foto: Gabriel López-Albarrán)

Sobre una mesa de madera salpicada de pintura se observan frascos con acrílicos de diversos colores, espátulas, pinceles, pegamento y tapes de distintos tamaños.


“Soy el master del tape”, dice. “Hago dibujitos con tizas y voy dibujando con el tape, haciendo la forma… Sé a dónde va, pero no cómo termina”, explica sobre su proceso creativo, para enseguida hablar de una composición reciente a color que, como él mismo señala, podría estar en cualquier museo del mundo. “Fui maestro de teoría del color, pero te toma una vida aprender a usar el color. Lo primero que hay que hacer es disfrutárselo; si no disfrutas lo que haces…”, reflexiona el artista, reconocido por su magistral dominio cromático.


A sus 89 años, Hernández Cruz sigue trabajando y, revela, ahora más que nunca. “Ahora hago una exposición cada dos años”, cuenta. La más reciente, Analogía pictórica: 1998–2025, abrió en diciembre de 2025 en la galería Petrus, en Santurce, con piezas que no habían sido expuestas previamente.


En su taller se observan sus obras, El Paraíso (2025), acrílico sobre lienzo, 44” x 66”, y Danzón de cronopios (2022), acrílico y collage sobre lienzo, 60” x 74”. (Foto: Gabriel López Albarrán)
En su taller se observan sus obras, El Paraíso (2025), acrílico sobre lienzo, 44” x 66”, y Danzón de cronopios (2022), acrílico y collage sobre lienzo, 60” x 74”. (Foto: Gabriel López Albarrán)

Luego de conocer su taller, el artista nos invita al segundo piso de la casa, un espacio amplio y fresco, con abundante iluminación natural, donde tiene su propia galería. Para llegar hasta allí hay que salir al patio, donde se despliega un paisaje de bonsáis que cuida con esmero. Subimos por unas escaleras hasta llegar al lugar donde exhibe de forma permanente varias de sus obras recientes, entre ellas Fuego ceremonial (2022), Nuevos signos (2021), La flota de papel (2014) y Abecedario de la abstracción (2015).


Frente a esta última obra nos sentamos a dialogar con el maestro. La conversación, extensa, está atravesada por recuerdos, anécdotas institucionales y reflexiones sobre el trabajo y el papel del artista. Más que un recorrido cronológico, Hernández Cruz nos sumerge en la abstracción como práctica viva.


Para comenzar, nos habla del mar, tan presente en su obra. “Vi mucho mar desde chiquito y por eso he pintado tantos paisajes del mar. Después, como viví en Palmas del Mar por un tiempo, hice muchos paisajes; o sea, que tengo el mar por todos lados”, afirma.


Hernández Cruz se formó en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, institución que ya había acogido a figuras clave del arte moderno como Cristóbal Ruiz, el surrealista Eugenio Fernández Granell y el expresionista abstracto Esteban Vicente, todos exiliados españoles que fueron profesores visitantes. Pero su mentor en esos primeros años fue Damián Bayón, quien le abrió las puertas del conocimiento con libros sobre arte contemporáneo y abstracción. “En esas clases vi el mundo, el mundo abierto”, confiesa, recordando que no fue hasta la década de 1950 que comenzaron a llegar a la isla los grandes libros de arte impresos a color.


Luis Hernández Cruz conversa con Plástica al lado de su obra Fuego ceremonial (2022), acrílico sobre lienzo, 60” x 72”. (Foto: Gabriel López Albarrán)
Luis Hernández Cruz conversa con Plástica al lado de su obra Fuego ceremonial (2022), acrílico sobre lienzo, 60” x 72”. (Foto: Gabriel López Albarrán)

Tras graduarse de bachillerato en 1959, pasa a los talleres del Instituto de Cultura Puertorriqueña, donde coincide con Lorenzo Homar, Rafael Tufiño, Compostela (Francisco Vázquez Díaz) y el vitralista Arnaldo Mass. Antes, conoce al maestro Julio Rosado del Valle. “Ese es nuestro primer gran pintor abstracto. Esto hay que decirlo”, afirma. “Nos hicimos amigos y con él aprendí mucho. Desde ahí fue que salí volando”.


La siguiente parada fue Washington D. C., donde cursa su maestría en la American University y visita por primera vez museos internacionales como la National Gallery y la Phillips Collection. “Allí descubro a Nicolas de Staël, un ruso muy importante en París, y empiezo a trabajar un poco como él, porque uno siempre tiene unas primeras influencias”.


Al regresar a Puerto Rico en 1961 realiza su primera gran exposición de pintura en el Casino de Puerto Rico, entonces sede del Instituto de Cultura Puertorriqueña. “Vengo con la intención de entrar en el arte moderno, de la modernidad en Puerto Rico”, revela. 



Ese periodo coincide con el inicio de su labor docente en la Universidad de Puerto Rico y en la Escuela de Artes Plásticas, de la cual fue parte del grupo fundador y subdirector. Artistas como Olga Albizu y Rafi Ferrer —a quien cataloga como el primer gran artista contemporáneo de la modernidad— ya trabajaban principalmente en Nueva York y París, respectivamente. Pero en Puerto Rico, aquella fue la primera exhibición abstracta de gran escala de un artista puertorriqueño.


“Esa primera exhibición grande que hizo el Instituto de Cultura Puertorriqueña fue la que hice cuando llego de Washington”.


¿Y cómo se recibió? 

Oh, no hablemos de la polémica. Hay polémica. Pero entonces yo empiezo a cultivar seguidores, claro, seguidores jóvenes. Pero causó un poco de polémica en los periódicos.


¿Por qué?

Porque lo querían presentar como una cosa foránea, que lo local era nada más que realmente lo importante: la plena, la bomba, que el Instituto de Cultura hacía aquellos portfolios de grabados. Está el famoso de Tufiño, de Homar, que fueron grandes amigos, nada de polémica porque yo estaba ahí en los talleres y, al contrario, Homar conocía muchísimo (del arte abstracto) porque había vivido en Nueva York en ese tiempo, pero eso (la polémica) fue pasajero. En 1984, luego de transcurrido dos décadas de esa exposición, Hernández Cruz ideó el primer Congreso de Artistas Abstractos de Puerto Rico que contó con la participación de sobre 40 artistas abstractos puertorriqueños. “Había ya tanto arte abstracto aquí en 1984 que yo vengo y dije, ‘bueno, vamos a demostrar’. Y reúno como a 70 artistas abstractos en Puerto Rico. Esa fue la respuesta.Y entonces, entramos a la modernidad porque si no estaríamos fuera del mapa”. 


Luis Hernández Cruz, Oda a la alegría (2020), serigrafía, 10” x 34”. (Foto: Gabriel López Albarrán)
Luis Hernández Cruz, Oda a la alegría (2020), serigrafía, 10” x 34”. (Foto: Gabriel López Albarrán)

¿Ese Congreso fue una manera de conectar a Puerto Rico con el mundo y al mundo con Puerto Rico? 

Sí, pero no tuvimos esa exposición, no tuvimos esa oportunidad de ser expuesto como país ni presentar los artistas; por dos razones. La primera es que como Puerto Rico no era un ente independiente, pues no teníamos embajadas en ningún sitio y todos los artistas del mundo se daban a conocer por sus embajadas. Yo tuve la suerte, y tuvimos la suerte en Puerto Rico, de que un embajador español, don Luis González Robles, que fue director de exposiciones y director de museos y que empujó todo el arte contemporáneo de Madrid, incluía a Puerto Rico como parte del mundo hispano y nos incluyó en la primera gran exposición de arte de América y España. En esa exposición participo yo y creo que también estaba Julio Rosado del Valle, Myrna Báez y Marcos Irizarry. Eso fue una cosa bien importante porque tuvo un gran exposure y se presentó en toda América. Gracias a González Robles es que se mueve más el arte moderno puertorriqueño afuera.


En la década del 70, junto a Antonio Navia, Paul Camacho y Lope Max Díaz, crea el grupo Frente, ¿cómo recuerda ese proceso de organización y qué impacto tuvo ese grupo en la visibilidad del arte abstracto en el país?

Estábamos enseñando en la Escuela de Artes Plásticas y teníamos esa intención de promover (el arte moderno) entre los jóvenes, en la Escuela, en la universidad. Y por eso hacemos ese casi manifiesto y portfolio, que se difundió bien, pero que estaba más dirigido a la Escuela de Artes Plásticas, donde estábamos trabajando y donde se quería seguir con las estatuas de yeso, el cubito, esa cosa que era académica, pero que en Puerto Rico y en el mundo entero estaba obsoleta. Tuvimos esa batalla y por ahí empieza. Pero, además, se difunde (ese manifiesto) entre un público mayor, porque luego nos piden el periódico hasta de Washington, de Miami… Pero la idea era educar, no era promover lo de nosotros, era promover entre los jóvenes el conocimiento más del arte moderno y hacer un ruido.


¿Qué lugar ocupa hoy para usted la intuición frente a la planificación del proceso creativo?

Definitivamente, siempre tiene que haber intuición. Es decir, como el artista, como el filósofo y como los escritores, estamos pensando en arte o en las formas las 24 horas del día. Día y noche, día y noche, en los sueños y todo. De ahí van desarrollándose ideas. Yo he sacado de la flora, de los viajes, he pintado glaciales… porque el artista se nutre de todo y, sobre todo, en la abstracción. Tienes que agarrar todo, formas que sean vegetales, como los bosques, que he pintado, y la figura, que también se lleva a la abstracción. Yo he pasado todas esas etapas. 


¿De dónde proviene su relación con el paisaje y con lo arcaico, lo arqueológico, que también ha aparecido en sus composiciones?

Bueno, yo sé que, claro, tiene que ser natural que el mar aparezca en todo su esplendor porque estamos rodeados de mar y uno ha vivido casi dentro del mar. Pero luego lo llevo a la abstracción… Entonces, es natural que todo lo que circunda a uno vaya luego a las cosas. Lo arqueológico, tuve una etapa, porque usaba signos taínos. Otra etapa es geométrica, me encantaba, siempre estuve con la geometría metiéndola como pude y tengo muchísima obra. He pintado, tengo registradas, alrededor de 1300 obras. 


“El arte abstracto tiene la ventaja de que tienes todo; todo es posible captarlo y meterlo en la pintura, no como en el arte figurativo, digamos de figura humana, que tienes que limitarte a la figura, aunque también tiene muchísimas posibilidades. El arte abstracto te permite de todo, de todo” - Luis Hernández Cruz


Luis Hernández Cruz, Trilogía del Mar Caribe: Marina con cielo rojo (2023), acrílico sobre lienzo, 60” x 74”. (Foto: Gabriel López Albarrán)
Luis Hernández Cruz, Trilogía del Mar Caribe: Marina con cielo rojo (2023), acrílico sobre lienzo, 60” x 74”. (Foto: Gabriel López Albarrán)
Luis Hernández Cruz, La flota de papel (2014), acrílico sobre lienzo, 72” x 84”. (Foto: Gabriel López Albarrán)
Luis Hernández Cruz, La flota de papel (2014), acrílico sobre lienzo, 72” x 84”. (Foto: Gabriel López Albarrán)

¿Cómo el paisaje lo sigue informando más allá del entorno?

Un ejemplo bueno es esa obra que yo llamo El Yunque, que es el vitral de Bellas Artes. Lo ves y es abstracto, pero luego empiezas a ver que son formas tropicales, el color, la forma. Eso está ahí, enterrado, pero hay que sacarlo, exponerlo. Viviendo en el trópico no puedes evadir la luz y el color. Digo, en mi caso, pintar cosas oscuras aquí, es casi imposible […].  El arte abstracto tiene la ventaja de que tienes todo; todo es posible captarlo y meterlo en la pintura, no como en el arte figurativo, digamos de figura humana, que tienes que limitarte a la figura, aunque también tiene muchísimas posibilidades. El arte abstracto te permite de todo, de todo.


¿Con qué se queda de todos esos medios con los que ha experimentado?

Bueno, la pintura es la reina, pero también te diría que (me quedaría con) todo, porque la serigrafía me dio la oportunidad de promover más el arte.


Mirando su vasta carrera, ¿qué lo intriga como artista en este momento de su vida

Me intriga usar todos los recursos que ya he desarrollado. Bien fuera la franjita, que ya la habrán visto en las pinturas, la mancha, textura tengo muy poca, yo nunca usé mucha textura, y sigo con absorber lo real porque no es abstracción de la nada. La abstracción de la nada sería la geométrica, pero si vemos las que hay por ahí, hay un momento de una vasta obra de geometría, pero que aluden a formas urbanas. 


Luis Hernández Cruz_49Luis Hernández Cruz, Encuentro en el trópico (2025), acrílico sobre lienzo, 44” x 66”. (Foto: Gabriel López Albarrán)
Luis Hernández Cruz, Encuentro en el trópico (2025), acrílico sobre lienzo, 44” x 66”. (Foto: Gabriel López Albarrán)

¿Hasta cuándo se visualiza pintando?

Bueno, hasta que no pueda más, hasta que el brazo se detenga.


¿Con qué está comprometida su obra?

Con la modernidad, y es una modernidad que pasa porque, como dice Octavio Paz, la modernidad no existe. 


¿Qué le ha dado el arte a su vida?

Todo, todo… No se puede vivir fuera de, es decir, que uno existe dentro de eso. Digo, también está la familia porque uno tiene hijos y tal, pero bueno, eso es el mundo biológico, pero en términos del mundo creativo, de uno sacar algo y convertirlo en un objeto que te permite pensar, reflexionar y hasta oír música, porque las pinturas a veces son musicales. 


Luis Hernández Cruz, pionero en publicar un libro de artista con su obra Luis Hernández Cruz (1989),  pasa las páginas de uno de sus libros de arte en su casa en Guaynabo. (Foto: Gabriel López Albarrán).
Luis Hernández Cruz, pionero en publicar un libro de artista con su obra Luis Hernández Cruz (1989),  pasa las páginas de uno de sus libros de arte en su casa en Guaynabo. (Foto: Gabriel López Albarrán).

¿Cómo percibe la abstracción en la actualidad en Puerto Rico?

No hay mucho, no veo mucho. Veo cada vez más arte populista. A mí me molestaba y hacía bromas de que aquí abría una exposición y lo primero que aparecía era un racimo de plátano. Aquí se puso de moda el racimo de plátano entre estos jóvenes —ya se acabó— y algunos se han metido en abstracciones geométricas, pero esa idea de que somos la mancha de plátano y el jibarito de Frade, esa es la idea que quieren los invasores que tengan de nosotros porque no quieren que sobresalgamos en lo importante, en lo grande… Lo que pasa es que la abstracción no puede ser eterna, como todos los movimientos. Lleva ya un siglo, lleva más de un siglo, y en Puerto Rico prácticamente un siglo, y se va a perpetuar, a menos que no haya cambios, y tenemos luego la inteligencia artificial que viene por ahí haciéndose cosas. Tenemos otros medios, pero siempre, quizás, habrá la pintura. La pintura hecha con las manos. 




Mariela Fullana Acosta (San Juan) es periodista y editora puertorriqueña. Ha laborado para diversos periódicos y medios de comunicación. Su trabajo se ha centrado en la cobertura de temas culturales. Es egresada de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras y recipiente de la Beca Gabriel García Márquez de Periodismo Cultural (2016) que otorga la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Cuenta con estudios de la Universidad Complutense de Madrid y una maestría en Medios y Cultura Contemporánea de la Universidad del Sagrado Corazón. Su trabajo periodístico ha sido reconocido por la Asociación de Periodistas de Puerto Rico y el Overseas Press Club. En el ámbito académico ha investigado sobre el archivo del performance artístico en Puerto Rico en la década del 90 y ha dictado cursos sobre comunicación e historia de las artes en Puerto Rico en la Universidad del Sagrado Corazón.

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