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Toni Hambleton una artista que sueña en barro

La ceramista mexicana conversa sobre su travesía artística y de cómo Puerto Rico se convirtió en su lugar en el mundo


Fotos y vídeo: Gabriel López Albarrán

Toni Hambleton afirma que es una artista de la tierra. Lo dice sin ningún atisbo de duda, con esa certeza que solo conocen los que pisan con firmeza. Su patria, su nación, está debajo de sus pies, en la gravedad que nos ancla y que nos recuerda que estamos hechos de pedazos.


“Somos de la tierra, usamos la tierra y regresamos a la tierra”, dice una tarde, sentada en la sala de su apartamento en Santurce, donde vive hace tres años. El espacio es fresco y luminoso, ni muy grande ni muy pequeño: comedor, sala, cocina y un área que pudo haber sido una habitación, pero que hoy funciona como una especie de oficina abierta. En el apartamento hay obras, la mayoría, obsequios que le han hecho sus amigos y amigas: Susana Espinosa, Bernardo Hogan, Jaime Suárez, Víctor Vázquez, Lucia Maya, Carlos Collazo, Nora Rodríguez.


También se aprecian algunas piezas suyas, aunque dice que no tiene tantas porque ha donado muchas este año para diversos eventos de recaudación de fondos. En una mesa en la sala, hay una fotografía en la que aparece junto a su esposo Robert “Bob” Hambleton –ya fallecido– y sus padres. “La tengo porque es una linda foto de los cuatro. Fue durante la fiesta de cumpleaños número ochenta de mi madre en México. Es la única foto que tengo que aparecemos juntos”, comenta, mientras toma el marco fotográfico en sus manos y lo coloca nuevamente en su lugar en un gesto que parece una caricia.  


Antonieta “Toni” Hope (se pronuncia en español, “ope”) nació en Ciudad de México un 17 de diciembre de 1934. Hija de madre mexicana y de padre mexicano de ascendencia inglesa, vivió desde temprano ese concepto que hoy llamamos “multiculturalismo”. Aprendió desde muy niña tres idiomas: el español, su lengua materna; el inglés, que estudió en la escuela; y el francés, que curiosamente era el idioma con el que sus padres se comunicaban cuando no querían que sus hijos se enteraran de sus conversaciones. Se crió rodeada de libros, de música y en contacto con la naturaleza, pues su familia pasaba largas temporadas en la casa de campo que tenían en Pachuca, Hidalgo, un pueblo minero con gran presencia inglesa.



Pero Toni también creció con la inmensidad de una ciudad cambiante, rodeada de ruinas y de historias que brotaban de la tierra. “A mi madre le fascinaban los espacios, sobre todo, los espacios viejos, las iglesias que se habían quedado abandonadas, los monasterios, las haciendas, las pirámides que no se habían descubierto. Yo me acuerdo haber ido a la Pirámide del Sol cuando todo lo que veías eran escalones cubiertos de maleza”, recuerda con una memoria envidiable. Enseguida agrega que la educación que ella y sus siete hermanos menores recibieron fue “muy anormal en muchos sentidos”. “Éramos una familia que siempre visitaba lugares viejos, que viajábamos. Los fines de semana, por ejemplo, mi padre nos decía, este es el fin de semana de los ríos, y nos enseñaba los ríos del mundo…  Teníamos unos padres que nos hacían mucho caso”, rememora lanzando una carcajada risueña.


Toda esa mezcla de vivencias fue formando el camino de Antonieta Hope, quien en la década del cincuenta conoció en la Ciudad de México al estadounidense Robert “Bob” Hambleton, quien recién llegaba de la Guerra de Corea y comenzaba estudios en México City College. La pareja se casó en 1959 y se mudó a la ciudad de Chicago, donde nacieron sus primeros dos hijos, Robert y Howard. Pero una oferta de trabajo que le llegó a Bob cambiaría el destino de la familia. En 1963, todos abordaron un avión con destino a San Juan, Puerto Rico. En esta isla es que nacería la artista Toni Hambleton.


Camino en barro

El camino para convertirse en artista no fue lineal. No hubo una secuencia de pasos, ‘voy a estudiar arte, luego monto un estudio’, y ese tipo de lógica escalonada. Su travesía fue más como el barro: duro, opaco, húmedo, pero también fértil, orgánico y maleable. 


El arte llegó a su vida en medio de un proceso de sanación. Nueve años después de llegar a la isla, en 1972, su hijo Howard enfermó de cáncer. Fue un periodo durísimo que se combinó con una crisis laboral en la fábrica en la que trabajaba su esposo. Toni ya tenía cuatro hijos, incluyendo a Tonita y Johnny, que nacieron en Puerto Rico.


“Fue un momento muy duro porque la fábrica que montó Bob deciden venderla y cerrarla. Y ahí nos fastidian porque nos quedamos con un hijo en un hospital, sin dinero y sin trabajo”, relata. En ese entonces, su hija tomaba clases de cerámica con Ginny Figueras en Villa Caparra, en un pequeño taller que había montado en su casa Maribel Toro, mamá del artista y arquitecto puertorriqueño Jaime Suárez, quien se convertiría en su gran maestro, amigo y cómplice. 




Toni se entusiasmó con la dinámica de las clases de su hija y comenzó, en 1970, a tomar unos cursos básicos haciendo cosas muy sencillas en cerámica de molde. Hasta que un día sus ojos se fijaron en unos platos en cerámica hechos por Suárez. “Yo le pregunté a Ginny Figueras de quién eran esos platos y me dice, de Jaime Suárez, el hijo de Maribel, y ahí dije, ‘yo quiero tomar clases con él’”. Fue entonces que descubrió el camino del barro.


Pero la felicidad de haber hallado la pasión vino acompañada de una tristeza y un dolor indescriptible. Ese periodo coincidió con la enfermedad y posterior fallecimiento de su hijo “Howie”, quien todavía era un niño. El barro dejó de ser entonces un pasatiempo, un hobbie, y se convirtió en su ancla a tierra, en su conexión con la materia viva.


“El barro que entró por mis manos fue lo que me dio el solaz que yo necesitaba en ese momento de tristeza impresionante. Se volvió realmente, no nada más en mi medio protector hasta cierto punto, sino el medio en donde yo pude dejar muchas emociones porque el barro le pegas, lo aplastas, lo pisas, lo tiras. Puedes hacer lo que quieras con él y sale la rabia, sale la furia. Lo puedes acariciar todo lo que tú quieras”, revela mientras mueve sus manos como si estuviera modelando una forma imaginaria. “Es por eso que se usa el barro como un medio terapéutico. Yo lo entendí en ese momento. Yo me iba al Morro en las mañanas, dejaba a los niños en la escuela, y me sentaba a ver el mar con un pedazo de barro a hacer lo que saliera, no importaba, para llevárselo a Jaime en la tarde y después que él me dijera lo que hiciera. El barro se volvió parte muy importante de mi vida”, agrega.


La hermandad con Jaime Suárez –así como con el resto del grupo de ceramistas– fue clave en su proceso de sanación y de su posterior transformación como artista. Por eso afirma que el día que se enamoró del barro se enamoró de Jaime, a quien considera su hermano. “Tenemos una filosofía de vida muy parecida. Nos encantan las ruinas, nos encanta el rojo de la tierra, nos encanta la arquitectura vieja, las plantas, los helechos. Yo encontré en Jaime ese soulmate que de repente encuentra uno de causalidad, porque no son casualidades. Llevamos 50 y pico de años trabajando juntos y separados. Además de ser mi mentor, encontramos un bondo ahí que nos une, de cómo pensamos que el mundo debe ser. 


¿Y cómo debe ser?, se le pregunta. “Es un mundo donde tú tienes que respetar esa tierra que te rodea”, afirma con esa mirada sabia de ojo de búho.




Peces y manos

Toni Hambleton creció en un país donde el barro siempre ha sido importante, donde se hacen vasijas, platos, joyería, hasta grandes murales con el material de la tierra. Al inicio de su trayectoria, esa historia estaba presente en su trabajo. “No creo que haya sido una decisión, si no que el mismo medio me fue llevando a hacer cosas muy mexicanas. Esa era la memoria que yo tenía”, cuenta. 


Hasta que un día, Jaime Suárez le preguntó que por qué siempre hacía cosas mexicanas. “Dije, ‘pues Jaime porque lo tengo adentro, no hay otro’. Y Jaime me dijo, ‘sí, claro’, y ahí se quedó, no elaboramos. Pero ahí es que me doy cuenta que sí,  yo traigo a México adentro de muchas formas, pero en muchas otras formas no”, relata. 


Ese cuestionamiento la motivó a iniciar una búsqueda interna. En ese proceso, leyó un libro reflexivo escrito por su amigo, el arqueólogo mexicano Santiago Genovés, titulado “El mar, los peces y yo”, que la tocó profundamente. “Creo que fue después de ese libro que empiezo a hacer lo que pretendí que fuera un pez”, recuerda sobre la inspiración que recibió al leer el texto, donde el autor hablaba mucho de la relación con su hijo y con el mar. “Realmente fue un libro que me sacudió, con el que me identifiqué y que me hizo ver lo que estaba haciendo, para dejar esa parte mexicana que yo tenía y explorar una forma”. 


¿Una forma que fuera interna?, se le cuestiona. “Sí, interna. Y lo primero que hice fue un círculo que corté como si fuera una luna, pero realmente para mí era un pez. Le puse ojo, escamas, en fin, hice un pez. ‘El pez y yo’, se llamaba, y por ahí seguí. Y por ahí me fui”, cuenta sobre el momento en que descubrió una voz propia en la cerámica.





Esa marca personal –que se distingue por sus obras de carácter escultórico y texturas que aluden al paso del tiempo– la continuó desarrollando con todas las influencias que la rodearon, especialmente a partir de Estudio Caparra, donde conoce y coincide con artistas de diversas disciplinas, como la maestra Gilda Navarra. De hecho, llegó a diseñar vestuarios y escenografías para teatro, pues había estudiado diseño de modas en México. Pero un momento trascendental en su carrera fue cuando ayudó a fundar Galería Manos en la década del setenta, que se convirtió en un espacio fundamental para el desarrollo de la cerámica contemporánea en Puerto Rico. 


Este proyecto agrupó a más de una veintena de artistas nacionales e internacionales, y trajo a ceramistas de renombre internacional, como al estadounidense Daniel Rhodes, quien ofreció diversos talleres sobre esmaltes y técnicas. En uno de esos cursos, Toni Hambleton, quien había comenzado a trabajar con la porcelana, exploró con la fibra de vidrio. Un día, según rememora, estaba trabajando con porcelana y se le cayó encima de la fibra de vidrio, embarrando el material. Ese accidente le abrió un nuevo rumbo creativo. “Cuando veo eso, digo, bueno, ¿por qué no soy yo esto? A ver qué pasa”, afirma, para luego decir que su obra está llena de errores y accidentes.  “Los errores siempre enseñan el camino, no cabe duda”.


En Estudio Caparra pasaron muchas cosas maravillosas, entre ellas, entrar en contacto con artistas que admiraba, como fue la pareja de artistas argentinos Susana Espinosa y Bernardo Hogan. Junto a ellos y Jaime Suárez, fundó en 1980, Casa Candina, una escuela, galería y centro cultural, que amplió la cerámica contemporánea en Puerto Rico.


El cuarteto forjó una generación de artistas ceramistas, ofreciendo cursos y sentando diversos precedentes para esta disciplina en la isla, como lo fue el evento Premio Casa Candina: Bienal de la Cerámica Contemporánea Puertorriqueña. Incluso, luego de que cerró Casa Candina en 1992, el grupo continuó celebrando la bienal por un tiempo, aún sin el apoyo económico del gobierno. 


Durante ese periodo, Toni Hambleton participó de exposiciones colectivas e individuales tanto en Puerto Rico como a nivel internacional. Su obra fue reconocida y adquirida por museos en Puerto Rico, Estados Unidos, México, Venezuela, Italia, Francia, Letonia, Grecia, Corea, Japón y China.



“Yo pertenezco a la Academia Internacional de Cerámica y al principio me ponían como mexicana y yo les escribí una gran carta y les dije, no, yo nací en México, México es mi país de nacimiento, pero yo crecí como artista en Puerto Rico. Y desde entonces, la academia nos tiene como país, Puerto Rico como país”, Toni Hambleton

Lo curioso es que en muchas ocasiones su nombre aparece al lado del de Puerto Rico. Cuando se integró a la Academia Internacional de Cerámica, por ejemplo, la identificaron con el nombre de su país natal, México, y ella escribió una “gran carta” explicando el error. “Les dije, no, yo nací en México, México es mi país de nacimiento, pero yo crecí como artista en Puerto Rico y Puerto Rico es un país en el Caribe. Y entonces la academia nos tiene como país, Puerto Rico como país. Antes yo era la única, pero ahora somos ocho”, comenta.


Todas las vivencias que ha tenido en esta tierra donde se hizo artista han trazado su rumbo, por lo que es inevitable preguntarle cuánto de Puerto Rico, de esta memoria isleña y caribeña, hay en su trabajo. 


“Creo que siempre ha habido algo”, reflexiona. “Todo lo que tú vas viendo se va volviendo parte de ti. Lo único que no he podido integrar en mis piezas es el color”. 


De inmediato señala que es “tanto el color que hay en Puerto Rico, tantos verdes, tantos azules, tanto”. “De repente pongo una cosita, un esmalte que brille, pero no me atrevo”, comenta con esa humildad que la caracteriza.



El barro sigue hablando

Toni Hambleton llegará a sus nueve décadas de vida a finales de año. En el 2023 sorprendió con una exhibición individual titulada “La silla de cada día”, que se celebró en el espacio Reunión. La apertura de la muestra fue apoteósica con más de 280 personas, algo que sorprendió y sobrecogió a la artista.


“Esa exhibición me hizo sentir sobre todo muy viva. Me hizo sentir como que todavía había algo”, revela. 


En la muestra exploró el objeto de la silla, que había sido su gran compañía durante el 2022, cuando sufrió una embolia que la sacudió y le hizo ver que no era eterna y que tenía que “descansar del descanso”. Por eso, cuando la artista y gestora cultural Norma Vila la invitó a realizar una exhibición en Reunión, lo pensó hasta que se animó a hacerla.



Confiesa que la razón por la que estuvo diez años sin hacer muestras individuales se debió, en gran parte, a la artritis reumatoide que le afecta y que “cuando me pega, me pega duro”. “Ya no trabajo tanto con mis manos porque no se mueven con la misma facilidad. La realidad es que de repente te das cuenta que el cuerpo, como los perros viejos, deja de funcionar”. 


Pero Toni Hambleton sigue pensando en barro, el cual continúa hablándole, enseñándole nuevos caminos. Por eso no descarta volver a exhibir. “Estoy tratando de pensar por dónde voy ahora. Quizás repita lo de la silla, pero ya no en metal, sino irme más por la cerámica y la madera, pero no estoy segura”. 



¿Qué le ha dado el barro a Toni Hambleton?, se le pregunta. “A mí me ha dado vida. Es una pasión absoluta; sueño en barro. De hecho, cuando vendí mi casa de Las Lunas (la cual construyó con su esposo Bob Hambleton y que donó a la organización Para la naturaleza) yo le puse a Lloveras (director ejecutivo de la organización) una cláusula que dice que yo me tengo que enterrar allí en un lugar exacto, donde van a sembrar un árbol. El otro día que lo vi me dijo, ‘no se me olvida, pero no te mueras todavía porque no he conseguido el árbol’”, expresa, soltando otras de esas carcajadas contagiosas que revelan su espíritu jovial y esa actitud de felicidad con la que ha enfrentado las adversidades de la vida.


El tiempo ha pasado, y toca partir, pero antes de terminar, es precioso preguntarle sobre Puerto Rico y lo que le ha dado esta tierra.


“¡Ay, me ha dado demasiado!”, suelta como un suspiro. “Mira, primero que nada, yo encontré en Puerto Rico una generosidad extraordinaria. Cuando nosotros nos quedamos sin trabajo, con un hijo que se estaba muriendo, ningún médico me pasó una cuenta. Ningún médico. El Hospital del Maestro me dio el tiempo que yo necesitara para poder pagarles. Y me hizo un gran descuento. Esta es gente que no conoce uno. O sea, que son realmente ajenos, que no son tus amigos, es gente que están en tu camino, pero que no conoces. Los muchachos de la fábrica de Bob (quien años después desarrolló con éxito en la isla su propia compañía Hambleton Group Company) nos conseguían dinero en sus iglesias. A veces llegábamos a la casa y teníamos un cheque puesto ahí que no sabíamos de quién era. La generosidad de las gentes que se cruzaban, como eso no hay nada... Después que Howie murió, mi padre me dijo, ¿por qué no te vienes a México? Yo te ayudo. Y le dije, no, pa’, hasta que yo no pague toda la generosidad que me han dado, yo no me voy de este país. Y para eso faltan muchos, muchos y muchos años”. 


 

Sobre la autora: Mariela Fullana Acosta (San Juan) es periodista y editora puertorriqueña. Ha laborado para diversos periódicos y medios de comunicación. Su trabajo se ha centrado en la cobertura de temas culturales. Es egresada de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras y recipiente de la Beca Gabriel García Márquez de Periodismo Cultural (2016) que otorga la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Cuenta con estudios de la Universidad Complutense de Madrid y una maestría en Medios y Cultura Contemporánea de la Universidad del Sagrado Corazón. Su trabajo periodístico ha sido reconocido por la Asociación de Periodistas de Puerto Rico y el Overseas Press Club. En el ámbito académico ha investigado sobre el archivo del performance artístico en Puerto Rico en la década del 90 y ha dictado cursos sobre comunicación e historia de las artes en Puerto Rico en la Universidad del Sagrado Corazón.

  


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