El quehacer poético de lo invisible (y lo no-visto)
- Abdiel D. Segarra Ríos

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El curador e investigador Abdiel Segarra Ríos profundiza en la reciente exhibición de Antonio Navia que curó para el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico

¿A dónde miran los artistas preocupados por atender lo invisible? En Puerto Rico, la tradición que funda el imaginario gráfico nacional durante la década del cincuenta, se ocupó de capturar a través de su labor los valores de una sociedad trabajadora que luchaba contra diferentes formas de opresión en un escenario atravesado por profundas transformaciones infraestructurales. Dicha tradición forjó un numeroso repertorio de estampas, carteles y grabados que afirmaban la existencia de comunidades invisibilizadas por la colonización. Las generaciones subsiguientes, herederas de un robusto repertorio técnico y de imágenes, se sumaron al mismo esfuerzo desde distintos frentes. En los sesenta, la necesidad de visibilizar las voces de protesta guió una parte importante del quehacer artístico. Sin embargo, en la medida en que se acercaban los setentas, aspectos menos evidentes también reclamaban visibilidad.
Lo no-visto y las formas en que los artistas deciden mostrarlo cuenta algo sobre ellos y sobre nosotros como sociedad. Algo acerca de cómo nos vemos y cómo contamos aquello que intenta acercar a la conversación asuntos que retan los límites de la palabra. A veces, eso a lo que llamamos abstracción no es más que la marca de un esfuerzo por decir algo que no puede ser narrado. Justamente ahí es que la obra de los artistas que apostaron por lenguajes “no-figurativos” hace una aportación invaluable a los imaginarios del arte puertorriqueño, particularmente aquellos que emergieron durante la década de los setenta.
Descifrando a Antonio Navia es una exposición monográfica que activa procesos curatoriales que van más allá de la recopilación de obras. Navia desarrolló, paralelamente, varios cuerpos de trabajo profundamente heterogéneos, complejos y comprometidos con explorar las fuerzas que organizan y sostienen al universo. Hoy en día, luego de su fallecimiento en 2023, su labor permanece prácticamente desconocida para el público. La exhibición es el resultado de un ejercicio de recuperación de los códigos que dieron sentido a su proceso creativo y que ante todo, persigue poner sobre la mesa un repertorio de pistas para interrogar el lugar de sus aportaciones.
“Independientemente de cuál fuera su objeto de estudio, ya fueran las formas y los patrones organizacionales del espacio, la anatomía humana, las conexiones neurológicas que afectan los procesos de percepción o las fuerzas que actúan en un agujero negro, Navia reclamó a través de su práctica el derecho a moverse entre disciplinas” — Abdiel D. Segarra Ríos
En 1977, Navia junto a los artistas Luis Hernández Cruz, Paul Camacho y Lope Max Díaz fundan el Grupo FRENTE (Movimiento de Renovación Social del Arte), un colectivo de artistas afines con los lenguajes de la abstracción que proponían revitalizar la posición de la pintura y el arte contemporáneo en Puerto Rico mediante el desarrollo de exposiciones, medios informativos y espacios de discusión atentos al quehacer artístico y cultural internacional. Los artistas de FRENTE declaraban, a través del quehacer de sus respectivas obras, que el lugar político del arte puertorriqueño trascendía los imaginarios gráficos de las décadas anteriores y que existía un diálogo atemporal entre artistas, materiales y referentes que retaba las lógicas de la imagen y les vinculaba con obras de artistas en otros territorios.
Nacido en el pueblo de Bayamón en 1945, Navia cursa estudios en el recinto de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico, la Escuela de Artes Plásticas de San Juan y la Universidad del Estado de New York en Buffalo. A lo largo de su carrera, elaboró varios cuerpos de obras aparentemente distantes entre sí. Aunque el grueso de su trabajo haya permanecido al margen de las páginas de los libros de historia del arte, revisitar su obra hoy nos permite poner en perspectiva el quehacer artístico de una década. Al igual que muchos de los artistas que durante los setenta se dedicaron al desarrollo de visualidades no-narrativas, o abstractas, su trabajo expresaba una inclinación hacia territorios que iban más allá de los marcos geopolíticos que para ese entonces endurecían las fronteras ideológicas en el planeta. Algunas obras en las que se puede apreciar esa intención son la pintura Proyexión de Giza (1974) y la instalación Stonehedge para Millet (1978).
En su caso particular, más allá de los patrones formales que se pueden trazar en sus diferentes cuerpos de trabajo, independientemente del medio o la técnica que empleara, su obra afirmaba una preocupación por lo invisible, sobre todo por los procesos psicológicos que atraviesan la percepción, la espiritualidad, lo atómico y lo paranormal. En otras palabras, Navia no se ceñía a las limitaciones materiales de la realidad, las reconocía, pero buscaba cómo proponer a través de su obra avenidas que nos invitaran a ver más allá de lo evidente. Algunos ejemplos de ello podrían ser las instalaciones de sitio-específico, Espacio-Tiempo (Liga Estudiantes de Arte de San Juan, 1983) y Nubestratos (Colegio Universitario de Humacao, 1985), ambas reseñadas en la exposición a través de documentación fotográfica y vídeo.


Su rigor y atención por lo formal daban cuenta de su compromiso con la labor artística y de la seriedad con la que se acercaba a los temas que se proponía desarrollar. Si bien es difícil señalar de manera puntual el objetivo específico en su práctica, es cierto que se puede observar una constante metodológica que subraya una vocación por la creación como vía principal de activación de procesos autónomos de producción de conocimiento y experiencias. Un ejemplo de ello podría ser la serie PROGRESIONES, desarrollada a través de dibujos en tinta, pinturas, serigrafías, ensamblajes y murales como el que fue pintado en la fachada del Coliseo Roberto Clemente en 1978. Independientemente de cuál fuera su objeto de estudio, ya fueran las formas y los patrones organizacionales del espacio, la anatomía humana, las conexiones neurológicas que afectan los procesos de percepción o las fuerzas que actúan en un agujero negro, Navia reclamó a través de su práctica el derecho a moverse entre disciplinas.

Es precisamente su trabajo escultórico en el cual le vemos alcanzar con mayor éxito un balance entre la labor artesanal y sus proyecciones espaciales de la percepción. Este cuerpo de obras es tal vez el más difícil de traducir a una explicación y, tal vez por ello mismo, lo adecuado sería acudir a ellas y entablar una experiencia directa con lo que cada una es capaz de proponer. Tanto sus Naves como las piezas que pertenecen a la serie Cortex-Codex aportan un legado al quehacer escultórico puertorriqueño que asume con responsabilidad las particularidades disciplinarias del trabajo tridimensional. Estas piezas se enuncian con ambigüedad desde un sesgo poético que suma misterio a las propiedades discursivas de sus objetos y de lo escultórico como un quehacer que tiene la capacidad de incidir en lo real.
Por último, sus exploraciones anatómicas, donde vemos algunas de sus obras más tempranas, nos permiten trazar líneas de conexión entre sus años de formación y sus últimas investigaciones. El cuerpo nunca dejó de ser el referente principal en la obra de Navia, tanto su pintura, como su caligrafía y su trabajo instalativo partían de un reconocimiento pleno de las dimensiones anatómicas y de la experiencia que proponían. Su tendencia a abstraer el cuerpo a través de ejercicios de composición que reconfiguran las formas a través de juegos lineales y contrastes de colores, inciden directamente en el carácter psicológico de los cuerpos que proyecta. Su interés por lo fenomenológico, en resonancia con su práctica caligráfica, resultaron en un valiosísimo repertorio de obras creadas entre 1969 y 2005 que van desde el grabado en intaglio pasando por el dibujo y la pintura, hasta piezas digitales desarrolladas directamente en computadora.
Aunque hoy día sea difícil calcular el impacto de su trabajo sobre la generaciones de artistas posteriores, sí es posible detectar el eco de su práctica en el ecosistema artístico, incluso en la obra de artistas no puertorriqueños, como sugirió el mismo Tony Cruz durante las labores de montaje de la muestra. Su trabajo puede ser entendido en diálogo con la obra de neoconcretistas brasileños como Lygia Clark y Helio Oiticica; incluso con la mirada que proponían artistas cinéticos venezolanos como Jesús Rafael Soto, Carlos Cruz Diez y Gego. Lo que nos deja con la tarea de explorar con detenimiento el panorama de relaciones formales y discursivas entre estos artistas en el contexto de un Caribe autónomo y expandido más allá de los relatos que estructuran la historia del arte universal.

Ahora bien, sobre la exposición es imprescindible reconocer que cualquier logro que se haya conseguido ha sido posible gracias a las aportaciones de un comprometido equipo de colaboradores que se sumó al proceso de investigación y ensamblaje del proyecto. Dado, precisamente, a la falta de documentación en torno a su trabajo, su trayectoria, aunque existe impresa por episodios en el registro que conserva el MAC en su Centro de Documentación, quedó mejor esclarecida en los esfuerzos del excatedrático de la Universidad de Puerto Rico, Nelson Rivera Rosario. Sus anécdotas, diapositivas, textos curatoriales, audios y videos, muchos de ellos producto de colaboraciones con el artista, fueron la principal fuente de investigación de esta exposición. Junto a Nelson, la labor del artista Tony Cruz Pabón también fue medular; su formación como escultor y su práctica artística fueron imprescindibles en la tarea de recuperación de los procesos de montaje de muchas de sus esculturas. A ellos se suman la labor del resto del equipo de exhibiciones, por un lado, el equipo de montadores dirigido por el diseñador Braulio Espinosa Castillo, y por otro, Gretchka Pujols-García y Alexandra Méndez, archivera y curadora asociada del MAC, respectivamente, que junto a los alumnos Juan Negrón Ayala y Gaddiel Falcón Rodríguez de la Maestría en Gestión y Administración Cultural de la Universidad de Puerto Rico, apoyaron de cerca las labores de investigación en torno al material de archivo que complementa la muestra en formato digital.
Además, es importante reconocer las aportaciones de La 18, equipo de la Unidad Audiovisual del MAC, que, entre otras cosas, apoyó con el desarrollo de un video de entrevistas que añade profundidad a las conversaciones en torno a la trayectoria de Navia en sus diferentes facetas como artista y profesor. Para ello, se sumaron a la conversación el artista Miguel Ángel Torres y el exgalerista Héctor Aponte, quienes junto a Nelson Rivera aportaron anécdotas que considero invaluables en el proceso de comenzar a entender la gimnasia creativa de Navia en su complejidad. También es el caso del artista gráfico Josué Oquendo, quien se encargó de la digitalización del mural localizado en el pasillo del segundo nivel del MAC, una recreación de la pieza ubicada originalmente en la fachada del Coliseo Roberto Clemente en Hato Rey. De igual manera, interlocutores como el artista Jacob Charles Morales Marchosky y la curadora Michelle Marxuach, cada uno desde su respectivo campo de acción, aportaron valiosas impresiones, útiles para la comprensión de la obra del artista.
Descifrando a Antonio Navia no habría sido posible sin el apoyo incondicional de Marianne Ramírez Aponte, quien aportó en el desarrollo de la museografía y vislumbraba desde hace mucho una exhibición que indagara en torno a la trayectoria de Navia. Desde la dirección del MAC, Ramírez Aponte apuesta por una labor curatorial que sirva de plataforma para vincular públicos y generaciones de artistas, académicos, líderes comunitarios y activistas en ánimo de lograr una comprensión cada vez más completa del quehacer cultural puertorriqueño, dentro y fuera del archipiélago.
Descifrando a Antonio Navia estará abierta al público general en la sala Arnaldo Roche Rabell del Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico hasta el 26 de julio de 2026.
Sobre el autor: Abdiel D. Segarra Ríos (Santurce, Puerto Rico), es curador asociado del Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico (MAC). Cuenta con un grado en Bellas Artes de la Escuela de Artes Plásticas y Diseño de Puerto Rico, una maestría en Gestión y Administración Cultural de la Universidad de Puerto Rico y un máster en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual de la Universidad Autónoma de Madrid, donde actualmente finaliza estudios doctorales. Fue director de Área: lugar de proyectos, y director del Programa de Artes Plásticas del Instituto de Cultura Puertorriqueña y de la Trienal Poli/Gráfica de San Juan. Ha curado exposiciones en Puerto Rico, España y los Estados Unidos. Igualmente, ha impartido cursos universitarios en la Escuela de Artes Plásticas y ha publicado sus textos en periódicos, revistas académicas y plataformas independientes. Colabora activamente con varias organizaciones culturales en Madrid y San Juan, entre las que se encuentran Espacio Afro, La Parcería y El Lobi.































