top of page

La barra es independiente y soberana

La escritora y editora Vanessa Droz expone en este escrito ese mundo subterráneo, nocturno y profundo que formó parte de la obra y la vida de José Rosa


Los Gavilanes (c.2005) óleo sobre panel, obra de José Rosa. (Foto suministrada por Vanessa Droz)
Los Gavilanes (c.2005) óleo sobre panel, obra de José Rosa. (Foto suministrada por Jorge Rodríguez Acevedo)

Todo artista le tiende celadas a sus espectadores, lectores u oyentes. Una de las que nos tendió José Rosa fue hacernos creer que era una persona, si no feliz, contenta, pues su obra plástica —tanto gráfica como pintura— está llena de humor, ese recurso tan eficaz para sacarnos el piso de debajo de los pies, para descolocarnos, para perturbarnos y perturbar a otros. No en balde son la ironía y el sarcasmo, parientes cercanos del humor, herramientas tan utilizadas en el campo de la política para desarmar, en medio de los debates, al enemigo.

Y, sí, José tenía un sentido del humor extraordinario que ha desplegado en casi todos esos grabados y pinturas que conocemos. Sin embargo, quiero aventurar aquí que José era una persona triste… Mejor: una persona —no sufrida, que no lo era—, sino una persona que sufría. No en balde nos habla sobre sus pesadillas en el documental que acabamos de ver. Las suponemos de distinta inscripción (pues no le conocimos tan de cerca), pero, aparte de los angustiados sueños personales —que, si miramos con cuidado, están en el sustrato de su trabajo—, están las pesadillas del país que tantos artistas, escritores y cantautores padecieron y expresaron. ¿O es que podemos olvidar aquellos años sesenta —década en la que José comenzó sus aprendizajes y en la que comenzó a desplegar su extraordinaria visión de mundo…—, aquella década, repito, en la que el sencillo acto de tener la calcomanía de la bandera de Puerto Rico en el cristal del carro era provocar la ira de la policía estatal y era, por ende, un mínimo —pero elocuente— acto de sublevación? ¿Y la sangrienta década del setenta, los años del Romerato, los asesinatos de Maravilla, la ejecución de Carlos Muñiz Varela, el asesinato de Chago Mari Pesquera, el secuestro y desaparición del líder nacionalista Julio Pinto Gandía, el atentado con explosivos en la Plaza de Mayagüez poco antes de un mitin del PSP que dejó dos muertos? Son los años del carpeteo y, allende los mares, Salvador Allende era golpeado por la derecha chilena y Estados Unidos. Menos mal que Alfonso Beal y los Comandos Armados de Liberación andaban por todo Puerto Rico y el germen de Los Macheteros estaba alcanzando su espuma.


San Juan de Puerto Rico (1972), serigrafía de José Rosa. (Foto suministrada por Vanessa Droz)
San Juan de Puerto Rico (1972), serigrafía de José Rosa. (Foto suministrada por Jorge Rodríguez Acevedo)

No tengo la menor duda de que todo esto, además de sus torturas personales, resonaba en el corazón de José Rosa y, a esa violencia institucionalizada —que seguimos viviendo—, esa violencia que nos descomponía y nos desmembraba, José Rosa decide oponer, igualmente destemplada y perturbadora, su particular mirada, que es mucho más que humor: es una guasa subterránea, por lo bajo (aunque nos la ponga en primer plano), una guachafita que requiere mayor complicidad por parte del espectador y que es posible porque compartimos los mismos códigos culturales, esas mismas profundidades… requiere esa confabulación que es nocturna con sus humos, licores, chacota de bar, penumbras, contactos libidinosos y mundo soez… sí, soez y noctámbulo, pero libre. La barra es independiente y soberana, es una celebración de la vida… es, digámoslo de una vez, vida en comunidad. Si no, demos testimonio evocando los años en La Cubanita —donde se filmó parte del documental— y en Hermanas Rivera, espacios que, más que de tertulia, lo eran de comunidad irrepetible ambos.


La escritora Vanessa Droz fue la última en leer sus palabras en honor a José Rosa. (Foto de Alí Francis García)
La escritora Vanessa Droz fue la última en leer sus palabras en honor a José Rosa. (Foto de Alí Francis García)
“En tiempos de egos y narcisismos disfrazados de bonachonería, una personalidad e inteligencia como las de José son de respetar, extrañar y seguir buscando” – Vanessa Droz

Ante la ausencia física de José, quiero pensar que ese niño pequeño que él era —y al que le gustaba hacer maldades disfrazándolas de grabados, carteles y pinturas— sigue teniendo presencia en el trabajo de artistas como Garvin Sierra y Elsa María Meléndez (que no por casualidad están hoy aquí), en quienes la socarronería visionaria de José Rosa se ha filtrado para que creen monstruitos con o sin máscaras o que desarrollen un humor corrosivo como excelente arma para jamaquearnos y contra la estulticia que nos gobierna.    


No quiero terminar sin apuntar una entrañable característica de José que compartía con artistas que fueron sus maestros o colegas, como Tony Maldonado y Rafael Tufiño. Hablo de esa campechanía iluminada que refiere a la fidelidad a sus raíces, como ha dicho Arcadio. José, como diría Doel Vázquez, era “calle”. Lúcido, inquisitivo, culto, mordaz, su sencillez y franqueza hacía que uno se sintiera inmediatamente en confianza con él, con ese gran artista. En tiempos de egos y narcisismos disfrazados de bonachonería, una personalidad e inteligencia como las de José son de respetar, extrañar y seguir buscando.


He caminado y camino esta ciudad que siempre aguijonea con su belleza y su imaginación. Por aquí sigue andando José, pues el Viejo San Juan tuvo mucho que ver también con ese modo suyo de ser. Anda José por ahí, por cualquiera de estas calles.


“Nosotros teníamos una luz que nos alumbraba” y esa luz era José Rosa.

Su excepcional obra y su talante nos seguirán ilustrando siempre. 


Sobre la autora: Vanessa Droz es escritora y su segunda pasión son las artes plásticas. La cicatriz a medias (1982) Vicios de ángeles y otras pasiones privadas (1996), Estrategias de la catedral (2009), Las cuatro estaciones-Suite caribeña (2016, con xilografías y fotografías de la autora), Bambú y otros horizontes (2016) y Permanencia en puerto (2019), poemas a partir de fotografías de Doel Vázquez. También tiene en su haber el libro infantil Oller pinta para nosotros (2012, una comisión del ICP para la Campechada 2012, y la plaquette La dama de los dados (2014), cuatro sonetos a cuatro obras de Myrna Báez. En 2022 conceptualizó y curó, en ocasión de los 500 años de la fundación de San Juan, Viejo San Juan-Te amo-Un homenaje, una antología de textos de diez reconocidos autores y de fotos de Doel Vázquez. En 2024, salió Animal mirado-Antología retrospectiva: 2022-1982 (Editorial de la Universidad de Puerto Rico). Ha sido presidenta del PEN Puerto Rico e integrante de comités y juntas de importantes instituciones culturales. Su poesía ha sido incluida en innumerables antologías (de su país y del extranjero), ha publicado ensayos sobre literatura y de crítica de arte en libros, catálogos y revistas, y ha representado a Puerto Rico en incontables encuentros internacionales. 


OTROS ARTÍCULOS

CURANDO EN PUERTO RICO

Dona a Plástica

Tu donación asegura el futuro de nuestro proyecto editorial. ¡Apoya el arte y la cultura en Puerto Rico con tu donación!

$

¡Gracias por tu apoyo!

logo Plástica - Blanco.png
  • Instagram
  • Facebook

 

© 2025 Liga de Arte de San Juan

Nuevo logo 2023 — Liga de Arte — Blanco.png
2-Flamboyan Arts Fund-blanco.webp

Este proyecto es posible gracias al apoyo del Fondo Flamboyán para las Artes de Fundación Flamboyán y su iniciativa "En foco: proyecto de visibilización cultural".

bottom of page