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José Rosa, In memoriam

Nelson Rivera aborda en este escrito los afectos que sostienen la obra de Rosa, en la que se intercala la seriedad y el vacilón


San Negrín II (1975), serigrafía de José Rosa. (Foto suministrada por Vanessa Droz)
San Negrín II (1975), serigrafía de José Rosa. (Foto suministrada por Jorge Rodríguez Acevedo)

Me percaté de su nombre por vez primera en un ensayo de José Luis González titulado Plebeyismo y arte en el Puerto Rico de hoy, publicado en 1980. Intrigado por la discusión en la cual González enlaza el arte de Rosa con la novelística de Luis Rafael Sánchez, me di a la tarea de observar su obra gráfica. Admiré y aún admiro la presentación, tan arábiga, de textos y ornamentos con la que Rosa les exige a sus espectadores detenerse a inspeccionar y a descifrar cada palabra grabada, en composiciones embarulladas, obligando a ponernos hasta de cabeza para bien leerlas, para bien asumir responsabilidades individuales y colectivas ante la vida puertorriqueña. 


La única ocasión que tuve de escuchar y dialogar con José Rosa fue en 2015. Lo visité en su casa para pedirle prestada una pieza para la exposición La experiencia afrodescendiente en el Museo de Arte de Carolina. En su taller, rebosante de maravillas, escogí una serigrafía de 1975 titulada San Negrín, con un texto que lee “un santo negro pero decente negro pero santo y bueno negro pero con vergüenza”, trabajo en el que Rosa desarma el lenguaje eufemístico utilizado para camuflar el racismo nuestro de cada día.


El curador y crítico de arte Nelson Rivera durante su intervención en el tributo a José Rosa (Foto de Alí Francis García)
El curador y crítico de arte Nelson Rivera durante su intervención en el tributo a José Rosa (Foto de Alí Francis García)
“Admiré y aún admiro la presentación, tan arábiga, de textos y ornamentos con la que Rosa les exige a sus espectadores detenerse a inspeccionar y a descifrar cada palabra grabada, en composiciones embarulladas, obligando a ponernos hasta de cabeza para bien leerlas, para bien asumir responsabilidades individuales y colectivas ante la vida puertorriqueña”. – Nelson Rivera 

Serigrafía en mano, Rosa me sentó un rato en la sala para conversar o, más bien, para que yo fuera testigo de su prodigioso monólogo, pues, como allí descubrí, cuando José comenzaba a hablar era una catarata incontenible. Recuerdo que, cuando me despedí, pensé “qué pena que no grabé esta conversación” porque, en ese tiempo que compartimos, José habló de todo con gran inteligencia y mayor humor. No en balde es el creador de imágenes tan punzantes. 


De todo lo que me contó esa tarde, una historia particular se me quedó grabada. No es el tipo de historias que se cuentan en eventos tan solemnes como este, pero me disculparán la falta de decoro, pues no le hubiese incomodado a José, él, que, en sus más celebradas serigrafías, inscribió finuras tales como “San Sorullo tuyo hasta el capullo y to’ lo que me cuelga es tuyo hasta el capullo tuyo”. Por tanto, con el perdón del buen gusto, cuento esta historia que, posiblemente, a otros también les contó, pero que se me antoja fue un regalo solamente para mí.

Según José, al momento de estallar la Revolución del 50, la policía arrestaba en la calle a todo tipo de personas indiscriminadamente, aun a mujeres, niños y adolescentes. Una dama, al ver a José solo en la calle y en riesgo de ser arrestado, lo llamó para que se montara con ella en un automóvil que los alejaría de la policía. Para esconderlo, la dama lo sentó en el piso entre sus piernas y oculto bajo sus faldas, que en aquellos tiempos llevaban mucha tela y cancanes para crear volumen. Así, me contaba José, a sus once años, debajo de una falda, pudo escaparse de un posible arresto. Remató su historia diciendo que iba escondido “con aquel olor a bacalao”.


Indelicadezas aparte, la anécdota me resulta en una sinécdoque del arte de Rosa. En ella se articulan los afectos que sostienen su obra: la interconexión de las acciones humanas, de la estética y la política, de la palabra y la imagen, de la seriedad y el vacilón. La inesperada, pero inevitable, sincronía de nuestra deplorable historia colonial con el grato aroma de una osada mujer. Se me antoja mirar el conjunto de su obra como un formidable autorretrato de quien, con modestia y persistente compromiso, nos regaló sus talentos y su refinada sensibilidad. Hoy le damos las gracias por ese feliz obsequio. José Rosa, que descanse en paz. 


Sobre el autor: Es catedrático retirado de la Universidad de Puerto Rico. Ha publicado su obra teatral en Sucio Difícil: Piezas para el teatro 1974-2002 (Isla Negra, 2005); y seis estudios sobre las artes, Visual Artists and the Puerto Rican Performing Arts, 1950–1990 (Peter Lang, 1997); Con urgencia: escritos sobre arte puertorriqueño contemporáneo (EDUPR, 2009); Hinca por ahí: escritos sobre las artes y asuntos limítrofes (Callejón, 2016); Cathy Berberian: Entrevistas (Riel, 2019); Inconformes y disidentes: Arte puertorriqueño en el siglo XXI (Isla Negra y Callejón, 2023); Instances: Writings on John Cage (Riel, 2025). En 2015-16 presentó su exhibición Sucio Difícil–Nelson Rivera: teatro, música, performance en el Museo de Arte de Caguas.


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