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José Rosa: ricura, cadencia y pretexto

La artista Elsa María Meléndez acentúa ese espíritu transgresor de José Rosa que permeó toda su obra


Virgen de la Candelaria (1981), serigrafía de José Rosa. (Foto suministrada por Vanessa Droz)
Virgen de la Candelaria (1981), serigrafía de José Rosa. (Foto suministrada por Jorge Rodríguez Acevedo)

Hablar de José Rosa es un pasaje a las memorias que despierta su obra en cada uno de nosotros. Sus estampas conectan en diferentes niveles. De eso trata también la obra de un artista auténtico y genuino, como lo es José Rosa.


La pieza titulada San Turci, de 1978, me conecta con memorias muy especiales de cuando mi hermana y yo le decíamos a mi papá “¡las mujeres!” cuando íbamos paseando por San Juan para que recordara pasarnos por el edificio de La Riviera para ver los maniquíes en la vitrina. Es una memoria fugaz porque yo estaba bien pequeña. La Riviera era un famoso prostíbulo en San Juan, el dueño se llamaba Toni Tursi, y José Rosa hace el santito en su honor y el texto que incluye en la obra lee: “Bondad sin límites; se admiten cupones”. 


San Turci (1978), serigrafía de José Rosa. (Foto suministrada por Vanessa Droz)
San Turci (1978), serigrafía de José Rosa. (Foto suministrada por Jorge Rodríguez Acevedo)

Esta anécdota, en parte, explica esa dinámica en la obra de José en la que se entrelazan memorias con el doble sentido que alude a lo prohibido a la misma vez que te retuerces de la risa. Eso pasaba con mi hermana y conmigo, evidencia de lo normalizado que es para nosotros los puertorriqueños transgredir el tabú desde pequeños. Ese rasgo define la obra de José Rosa. 


En términos de estilo, los trabajos de Rosa parecen influenciados por suntuosos manuscritos iluminados de la Edad Media. Tal vez el artista atesoraba el deseo de que perdurara su obra como lo han hecho estos manuscritos hasta el día de hoy. Pero también hay otras intenciones. Rosa se apropia del lenguaje visual sagrado y antiguo para reflejar la realidad boricua. 


En su obra, el desnudo está a cien por chavo. José Rosa narra la erótica tradición del día a día; desacraliza el aura pudorosa. Entonces lo chabacano entra en tensión con las tradiciones más conservadoras y se alimenta una sátira religiosa genuina que, con ironía, pone patas pa’arriba la tradición dominante. 


Elsa María Meléndez en homenaje a José Rosa. Foto de Alei Francis García)
Elsa María Meléndez en el homenaje a José Rosa en el Museo de San Juan. (Foto de Alí Francis García)
“Tomó conciencia de la cultura; desarrolló el sentido de pertenencia y esa mirada profunda la documentó. Así se convirtió en cocreador de la cultura. La obra de José Rosa nos empodera, mirándonos desde adentro y defendiendo la personalidad puertorriqueña” –  Elsa María Meléndez

Conocí a José Rosa a través de mi maestro, Rafael Rivera Rosa. Recuerdo la voz de Rafa en clase diciendo: “como mi amigo José Rosa…”. Así que nos hicimos amigos de José sin conocerlo. Y fue fácil hacernos amigos de él por la inserción de Puerto Rico en su obra y el destaque de lo no oficializado. Rosa, inmerso, tenía el don de poder subvertir, reescribir y crear desde diversos registros. 


Tomó conciencia de la cultura; desarrolló el sentido de pertenencia y esa mirada profunda la documentó. Así se convirtió en cocreador de la cultura. La obra de José Rosa nos empodera, mirándonos desde adentro y defendiendo la personalidad puertorriqueña.


Entonces, ya sumido en ese espacio cultural y social, lo sueña y lo traduce en la vigilia. Estamos ante un artista que no miraba desde lejos, el artista se colaba en esas grietas en la convivencia. ¡Qué importante es, pues, ese legado de José Rosa como documento de quienes fuimos y quienes seguimos siendo! Nos retrató en nuestra identidad para que no nos comparemos con nadie.


Hay unas contradicciones, aparentes, en lo estilizado de la cadencia y elegancia de estas figuras y el cuidado en la caligrafía, que contrasta y eleva la sandunguería. Pero no desde una intención de disfrazarla, aunque en efecto hay máscaras, sino porque la elegancia del diseño del maestro enaltece nuestra cultura. Con su mirada, cuidadosa con el detalle, condensa, abrevia, magnifica. La cadencia de esas figuras estilizadas de José da cuenta de nuestros movimientos al hablar y la línea meticulosa y serpenteante de la caligrafía abunda sobre la riqueza de Puerto Rico. Es la propia voz del artista, es también la voz que condena el coloniaje, caligrafía que se convierte en textura y diseño. Al admirar sus obras, descubrimos tanto el texto como la imagen, leemos tanto la imagen como el texto.

Quiero citar unas palabras del excelso escritor Luis Rafael Sánchez que le escuché decir recientemente y que parecerían describir esa ricura que vemos en los cuerpos de José Rosa:


“Sin embargo, de repente, como si el gesto se impusiera a la palabra, incorporamos las manos a la conversación, pero, cuando las palabras y las manos no nos bastan, acudimos a la totalidad del cuerpo como vaso comunicante. Entonces el cuerpo parece un baile que nunca termina, el baile parece fugado de un poema del bardo puertorriqueño sin par, Luis Palés Matos”. 


Los cuerpos de José absorben como esponja la esencia y el retrato expresionista del cuerpo puertorriqueño.


Hoy su legado es más pertinente que nunca. Fuente de influencia para generaciones posteriores. Fue a José Rosa al primero que leí y admiré en el vocablo soez y en el atrevimiento salvaje, descontrolado. Resonó muchísimo la sabiduría popular que encierra su obra y su doble sentido, en todos los sentidos, en alusión a la doble moral, precisamente. Así nuestro maestro crea el pretexto para el comentario político. Composiciones abarrotadas porque hay mucho por decir y se acaban el tiempo y el espacio. En la jerarquía y estilismo de las formas, desmonta el discurso dominante y genera imágenes que desafían los convencionalismos, se subleva el cuerpo que ahora está despechugado … o espechugao. 


Como es el caso del dibujo titulado El Asalto, de 1976, en el que encontramos referencias a frases trilladas en la cotidiana propaganda religiosa, como: “Cristo viene”, y otras como: “¡Llévese los cupones, digo, la vida y déjeme los cupones Mr. Pillo!”. José Rosa dibuja en evidencia el lavado de cerebro para mantener el estado colonial en donde el mantengo es la ficha de tranque. Registró las contradicciones del pueblo puertorriqueño y denotó en ese trabajo gran amor y gozo profundo. 


Y cada vez que escribo su apellido, el autocorrector me lo cambia a Risa. La risa como la esencia de nosotros. ¡Gracias José Risa, digo! ¡José Rosa Castellanos!


Sobre la autora: Elsa María Meléndez (Caguas, Puerto Rico, 1974) tiene su taller de artista en su ciudad natal donde, además, ejerce actualmente como curadora y diseñadora de exposiciones del Museo de Arte de Caguas. Fue merecedora del décimo Premio UBS para Artistas Contemporáneos, Museo de Arte de Puerto Rico, en 2024. También ha sido subvencionada por TENDERFresh Milk Art Platform y Barbados National Cultural Foundation (2024) y por The Studios MASS MoCA Artist Fellowship Program (2023), entre otros. Fue doblemente premiada con una Mención de Honor (2022) y con el People's Choice Award (2023) en el Outwin Boochever Portrait Competition, National Portrait Gallery, del Smithsonian Institution en Washington. Participó en la XV Bienal de La Habana (2024) y en Expo Chicago en Navy Pier, Chicago (2026). Ha realizado exposiciones individuales en Rollins Museum of Art y en el Museo Arsenal de la Marina del Instituto de Cultura Puertorriqueña. Ha participado en más de 100 exposiciones colectivas (Estados Unidos, Uruguay, Cuba, Irlanda, Rumanía, Portugal, República Dominicana y Puerto Rico). Su obra es parte de las colecciones del North Dakota Museum of Art, del Rollins Museum of Art, Newcomb Art Museum, La Casa de Las Américas, en La Habana; y, en Puerto Rico, del Museo de Arte de Ponce, del Museo de Historia, Antropología y Arte, del Museo de Arte Contemporáneo y del Museo de Arte de Puerto Rico, entre otros. 


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